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Divagación sobre la muerte, la felicidad, el amor y las películas japonesas

Hace tiempo vi una película en la televisión. Creo que era japonesa y que su título traducido era “La vida después de la muerte”. La verdad es que me pareció original y la recomiendo. Quien tenga la intención de verla y no quiera enterarse del argumento debe detener su lectura ahora.

La historia se desarrolla en un edificio común y corriente que parece contener oficinas y habitaciones austeras. Los encargados del edificio, aparentes burócratas, reciben a unos visitantes. Los visitantes son gente normal, de edad y aspecto diverso, que debe permanecer en las instalaciones por una semana. Los encargados explican a los visitantes que deben recurrir a su memoria y elegir el momento de su vida en que hayan sido más felices; les dicen que deben decidir lo antes posible y comunicarlo. Unos días después, se inicia la recreación físca del momento que cada visitante eligió. Con los recuerdos seleccionados, los funcionarios se avocan a conseguir las locaciones, la utilería y el elenco que apoye una reproducción lo más fiel posible. Al final de la semana y con cada visitante como protagonista, se filman las escenas. Los participantes experimentan la presión del tiempo, la convivencia, las dificultades técnicas y la satisfacción al obtener resultados convincentes. Cada visitante, al acabar su estancia, se lleva el carrete con su película grabada.

En el transcurso de la narración se va explicando el sentido de eventos tan caprichosos. A pesar de ser presentada en un entorno totalmente mundano, la historia, en realidad, está describiendo acciones sobrenaturales. Los visitantes son personas que acaban de morir y el edificio es la antesala de la vida eterna. Los visitantes, al dejar el edificio y cargando su película, se dirigen a una sala de proyecciones; en ella recrean, por tiempo indefinido, aquél momento afortunado.

Creo que es una manera optimista de representar el “más alla”.

Aparte de las reflexiones filosóficas que pueden derivar de ella, la película nos puede proponer un bonito ejercicio. Podríamos imaginarnos en la situación de los personajes y tratar de ubicar el momento más feliz de nuestra existencia hasta ahora, aquél que nos gustaría revivir y perpetuar.

Cuando vi la película creí descubrir una posible caracterización del amor. En el relato, uno de los visitantes eligió recrear un momento secillo y cotidiano que, sin embargo, le parecía el más conmovedor. Su escena era muy apacible y se desarrollaba en un parque. Él estaba con una mujer, la que más había amado, seguramente.

Pienso que la persona que ama a otra aspira a ser la más relevante en su vida y pretende ser la causa de su mayor felicidad. Suponiendo que la vida después de la muerte fuera como se muestra en la película y suponiendo que todos fueramos conscientes de ello, todos querríamos estelarizar la cinta póstuma de nuestro ser amado, todos querríamos aparecer y motivar aquel momento que, de entre todos los de su biografía, llegara a ser el más dichoso. Si el amor consistiera en este deseo, el sentimiento sería absolutamente ambicioso y ególatra (pues supondría el placer de sentirse monstruosamente apreciado, de reconocerse fundamental para otra persona) y, al mismo tiempo, absolutamente generoso (pues despertaría el deseo de realizar cualquier sacrificio, por esforzado que fuera, con tal que provocara la alegría suprema de alguien más).

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